JOHN UPDIKE CORRE CONEJO PDF

Traduccin publicada por acuerdo con Alfred A. Knopf, Inc. Stan Watts, Derechos reservados Reservados todos los derechos de esta edicin para Tusquets Editores, S. Arte sobre papel Sector C, Calle D, n. Pascal, Pensamientos John Updike Corre, conejo Unos chiquillos juegan al baloncesto en torno a un poste telefnico al que han atornillado el tablero.

Author:Fell Kagahn
Country:Laos
Language:English (Spanish)
Genre:Automotive
Published (Last):14 January 2010
Pages:490
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ISBN:467-8-14961-675-6
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Traduccin publicada por acuerdo con Alfred A. Knopf, Inc. Stan Watts, Derechos reservados Reservados todos los derechos de esta edicin para Tusquets Editores, S. Arte sobre papel Sector C, Calle D, n. Pascal, Pensamientos John Updike Corre, conejo Unos chiquillos juegan al baloncesto en torno a un poste telefnico al que han atornillado el tablero.

Es un torbellino de piernas y gritos. Los zapatos deportivos, que raspan el suelo y hacen saltar los guijarros diseminados por el callejn, parecen catapultar sus voces al aire hmedo de marzo, hacia la franja del cielo por encima de los cables.

Conejo Angstrom, vestido con traje de calle, sube por el callejn y se detiene a mirarles, aunque tiene veintisis aos y mide metro noventa. Con esa altura sera un conejo inverosmil, pero la estrechez del plido rostro, el azul claro de los iris y un temblor nervioso bajo la breve nariz en el instante en que se lleva un cigarrillo a los labios explican en parte el mote que le pusieron en su infancia.

Se queda ah parado, pensativo. La inexorable renovacin de la vida, los nios que proliferan a tu alrededor. Su presencia causa extraeza a los pequeos, le miran de reojo. Juegan para divertirse ellos solos, no es un espectculo para un adulto vestido con traje de chaqueta cruzada color cacao.

Dnde ha dejado su coche? Con el pitillo colgando de la boca, su inmovilidad parece ms siniestra. Ser uno de esos que ofrecen a los nios tabaco o dinero para que les acompaen detrs de la fbrica de helados? Han odo hablar de tales cosas, pero no estn asustados. Al fin y al cabo, son seis contra uno. La pelota rebota en el aro, vuela sobre las cabezas de los seis chicos y aterriza a los pies del adulto, el cual la coge al primer rebote en el suelo con una rapidez que les sobresalta.

Le contemplan en silencio mientras l apunta entrecerrando los ojos, a travs de la nube de humo azulado, su silueta sbitamente oscura, como una columna de humo contra el cielo en la tarde primaveral, afirma bien los pies, mueve rtmicamente la pelota ante el pecho, una mano plida extendida encima de la esfera y la otra a un costado, la agita de un lado a otro, con paciencia, procurando que el aire se distribuya de manera uniforme en su interior.

Tiene grandes las medias lunas de las uas. Parece entonces que la pelota sube por la solapa derecha de su chaqueta y, al tiempo que l dobla las rodillas, sale lanzada desde el hombro. Se dira que el disparo va a fallar, pues, aunque ha lanzado la pelota en ngulo, no se dirige al tablero, John Updike Corre, conejo pero no es ah donde l haba apuntado, y la pelota pasa por el aro y agita la red produciendo una especie de susurro femenino.

Una chiripa dice uno de los nios. No, experiencia replica l, y les pregunta: Qu, me dejis jugar? Ellos no responden y se limitan a intercambiar miradas de perplejidad.

Conejo se quita la chaqueta, la dobla con esmero y la deja sobre la tapa limpia de un contenedor de basuras. A sus espaldas los zapatos deportivos vuelven a raspar el suelo. Conejo interviene en la arrebatia de los nios para hacerse con la pelota, de un golpecito se la quita a un par de manos infantiles de nudillos mugrientos y se queda con ella.

Nota la antigua sensacin que tensa su cuerpo y da alas a sus brazos, como si estuviera hecho de cuero estirado, como si atravesara la densa capa de los aos para palpar esa tirantez. Sus brazos se alzan de un modo automtico y la pelota de goma vuela hacia la cesta desde lo alto de su cabeza. El lanzamiento le parece tan bueno que parpadea cuando la pelota cae corta, y por un instante se pregunta si habr pasado por el aro sin mover siquiera la red.

Eh dice a los chicos. Cul es mi equipo? Los nios no le responden, pero se produce un movimiento entre ellos y una delegacin de dos acude a su lado para enfrentarse a los otros cuatro. Aunque desde el principio Conejo se coloca en desventaja, a tres metros de la cesta, la proporcin de fuerzas sigue siendo incorrecta.

Nadie se molesta en llevar la cuenta de los puntos, y el desabrido silencio le incomoda. Los nios se comunican con monoslabos, pero a l no se atreven a dirigirle la palabra.

A medida que avanza el juego, Conejo nota en las piernas el roce de los pequeos acalorados y frenticos, que intentan hacerle la zancadilla, pero sus lenguas siguen atadas. Al cabo de diez minutos uno de los chicos se pasa al otro bando, y ahora Conejo Angstrom y el nico muchacho que le queda se enfrentan a los otros cinco.

Este chiquillo, todava pequeo y tmido, pero que ya muestra el inicio de una enrgica desenvoltura, es el mejor de los seis. Lleva un gorro de lana con una borla verde encasquetado hasta las orejas, a la altura de los ojos, que da a su rostro un aspecto de cretino. Es evidente que tiene un talento innato, por su manera de moverse lateralmente sin dar ningn paso, deslizndose en un abrir y cerrar de ojos, por esa espera calculada antes de efectuar cualquier movimiento.

Si tiene suerte, llegar a ser un atleta excelente en la escuela secundaria. Conejo sabe bien lo que es eso: vas subiendo de categora hasta que llegas a la cumbre y todo el mundo te vitorea; el sudor se desprende de tus cejas y no ves bien, el ruido gira a tu alrededor y te eleva.

Entonces quedas excluido, al principio no te olvidan, slo te excluyen, y John Updike Corre, conejo te sientes bien, tranquilo y libre. Ests excluido, es como si te fundieras, y sigues subiendo, subiendo, hasta que, para estos chicos, te conviertes en un trozo ms del cielo de los adultos que se extiende por encima de ellos en la ciudad, un trozo que, por alguna razn misteriosa, se ha nublado y les ha hecho una visita.

No le han olvidado, sino que es peor todava: nunca han odo hablar de l. Y sin embargo, en su poca, Conejo fue famoso en todo el condado. En el penltimo curso estableci un rcord en la segunda liga de baloncesto y lo super al ao siguiente.

Ese ltimo rcord permaneci imbatido hasta cuatro aos despus, es decir, haca de ello cuatro aos. Hace mates con una mano, con dos, sin que las manos rebasen la altura de los hombros, con los pies firmes en el suelo, elabora pivotes y fintas, salta y encesta. Aplanado y fofo, el baln se eleva. Conejo comprueba que sus manos siguen siendo tan hbiles como antes y se exalta, liberado de una melancola largamente sentida, pero su cuerpo es pesado y tiene corto el resuello.

Su falta de aliento le irrita. Cuando los cinco chicos del equipo contrario empiezan a quejarse y moverse perezosamente y uno de ellos, al que derriba sin querer, se levanta con mala cara y se marcha, Conejo abandona el juego de buena gana.

Bueno, me voy les dice. Tres vivas! Mira al muchacho que est a su lado, el de la borla verde, y aade: Hasta la vista, campen. Siente gratitud hacia ese pequeo, que sigue mirndole con una admiracin desinteresada cuando todos los dems se muestran adustos.

Los dotados de un talento innato se reconocen. Conejo recoge su chaqueta doblada y la lleva en una mano, como una carta, mientras corre callejn arriba. Deja atrs la fbrica de helados abandonada, con sus largueros de madera carcomida y el soportal derruido de la plataforma de carga.

Cubos de basura, puertas de garajes, vallas de tela metlica de gallinero que enjaulan enmaraados tallos de flores marchitas. Estamos en marzo y el amor aligera la atmsfera, todo renace y, bajo el regusto acre del tabaco, Conejo percibe el sabor de la nueva oportunidad en el aire, saca el paquete de tabaco que se meca en el bolsillo de su camisa y, sin reducir la rapidez de sus pasos, lo arroja a un cubo de basura abierto.

El tic nervioso agita el labio superior que deja ver los dientes: sonre, satisfecho de s mismo. Sus grandes zapatos de ante pisan con ruido sordo y hacen saltar la gravilla del suelo. Sigue corriendo por el callejn. Al final de la manzana, dobla la esquina y sale a Wilbur Street, en Mount Judge, una localidad prxima a la ciudad de Brewer, la quinta de Pennsylvania por su tamao. Corre cuesta arriba, pasa ante una manzana de grandes viviendas, pequeas fortalezas de cemento y ladrillo con portales de cristal de colores biselado y macetas en las ventanas, y contina hasta la mitad de otra manzana, formada por una hilera de casas levantadas John Updike Corre, conejo todas ellas en los aos treinta.

Las casas de madera ascienden por la cuesta como una escalera. En el espacio de poco menos de dos metros que en cada edificio de dos viviendas se alza por encima del vecino hay dos tristes ventanas muy espaciadas, como los ojos de un animal, y hay un tejadillo artificial cuyo color vara entre el violceo de un cardenal y el del estircol.

Las fachadas son de roosas tablas de chilla que en otro tiempo fueron blancas. Hay una docena de casas de tres plantas, cada una con dos puertas. La sptima puerta es la de Conejo. Los escalones de madera de la entrada estn desgastados y debajo de ellos hay un cubculo con el suelo de tierra donde se enmohece un juguete perdido, un payaso de plstico. Conejo lo ha visto ah durante todo el invierno, pero no lo toc creyendo que algn nio volvera a buscarlo.

Jadeante, Conejo se detiene en el vestbulo al que no llega la luz del sol. Del techo pende una bombilla encendida, polvorienta.

De la pared cuelgan tres buzones de hojalata vacos, por encima de un radiador marrn. La puerta del vecino de la planta baja, al otro lado del vestbulo, est cerrada, como una cara murria. Flota en el aire un olor siempre idntico pero que l nunca puede identificar, que unas veces parece de col hervida, otras el hlito de un horno oxidado y otras el de algo blando que cubre las paredes y se pudre.

Conejo sube las escaleras hasta su vivienda, en el ltimo piso. La puerta est cerrada. Cuando introduce el llavn en la cerradura la mano le tiembla, pulstil a causa del esfuerzo desacostumbrado, y el metal chirra.

Pero al abrir la puerta ve a su esposa sentada en un silln, con un vaso de cctel en la mano, mirando la televisin con el volumen muy bajo. Ah, ests aqu dice l. Por qu has cerrado la puerta? Ella vuelve la cabeza para mirarle vagamente, los ojos enrojecidos por la larga contemplacin de la pantalla. Se ha cerrado sola. Se ha cerrado sola repite l, pero de todos modos se inclina para besar su frente satinada.

Es una mujer menuda, de piel que tiende al color olivceo, y parece tensa, como si algo creciera en su interior y se esforzara para desarrollarse en un espacio tan reducido. Conejo tiene la sensacin de que slo el da anterior ha dejado de ser guapa.

Ahora, con un par de arrugas cortas en las comisuras de la boca, sta da una impresin de codicia. Tiene menos pelo, y Conejo piensa una y otra vez en el crneo que hay debajo. Estos minsculos progresos en la vejez han ocurrido de un modo imperceptible, y por eso parece posible que maana desaparezcan y ella vuelva a ser la chica de antes.

Conejo intenta bromear. De qu tienes miedo?

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Corre, conejo

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EL REGRESO DE CONEJO

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